Lloraba intensamente. Esas lágrimas se componían de sudor, alegría y cansancio... pero más que nada alegría. No había salido primero, no había llegado al codiciado oro, pero su esfuerzo fue lo suficientemente grande como para alcanzar el bronce. Entonces, Juan Martín del Potro lloró.
No siempre se gana. Quizás el esfuerzo y el amor es lo que mide el éxito. Cuántas veces habrás visto rostros sin emoción que recibían lo que para otros hubiese sido la gloria. No hicieron nada o hicieron muy poco para merecerlo. Mientras que hay momentos en los que creés que no vas a poder llegar y lo hacés. No serás un campeón, pero le pusiste un empeño olímpico, te pelaste las pestañas estudiando, te entrenaste durante meses, borraste y volviste a escribir. Tal vez no te valió un 10 o el primer puesto, pero superaste tus propios límites. Y te permitís disfrutarlo, aferrarte a esa sensación parecida al triunfo.
En el camino seguro te cruzaste con cientos de campeones que, en lo suyo, son verdaderos genios no reconocidos. Nadie les da una medalla ni les pone un 10, pero eso no significa que no sean un éxito.